miercoles 05 de setiembre de 2018

 

“Mi primer veneno”: campaña contra las papillas, potitos y otros alimentos infantiles procesados

¿Cómo es posible que se vaya a comprar comida a las farmacias? Algo así se preguntaba el cocinero Karlos Arguiñano cuando hablaba de la falta que nos hace cocinar más en casa en vez de comprar comida ya preparada, incluso para los más pequeños.

Ahora la ONG Justicia Alimentaria ha decidido ir un paso más allá y denunciar a las empresas que producen este tipo de alimentos infantiles ultraprocesados, a las farmacias que las comercializan, a las autoridades que miran para otro lado y a las asociaciones médicas y pediátricas que -como llevan tiempo denunciando nutricionistas- ponen su sello a alimentos que están muy lejos de ser saludables.

La campaña “Mi primer veneno” explica que pese a que este tipo de alimentos -básicamente papillas y potitos- se publicitan como sanos y nutritivos, muchas veces contienen sal y azúcar, pese a que la Organización Mundial de la Salud recomienda de forma clara evitar estos dos ingredientes en los alimentos para niños y bebés.

 

Los datos del informe publicado a finales del pasado mes de julio son realmente alarmantes: siempre según este estudio, la cantidad media de azúcar en las papillas analizadas era de entre 21 y 23 gramos de azúcar por cada 100 gramos de producto.

“Si un bebé consume estas papillas durante unos 4 meses, ingerirá solamente por este producto casi 1,5 kilos de azúcar”, alertan. En el caso de los purés ya preparados, al azúcar se le suma la cantidad de sal que incorporan en muchos casos y que, lógicamente, ayuda a mejorar el sabor y a que los pequeños los coman mejor.

Los problemas de obesidad infantil que se han comenzado a disparar en los últimos años son -explican- una consecuencia directa de apostar por los alimentos ultraprocesados frente a la comida casera, incluso cuando se trata de los bebés. Y, por supuesto, la publicidad de las marcas del sector, el etiquetado no siempre claro y el aura de saludable con el que se intenta siempre rodear a estos productos no ayudan a que los padres tengan claro que no es la mejor idea.

Y es que una cosa es que casi cualquiera pueda entender que una galleta nunca va a ser sana por mucho sello y cartel de “sin” o promesas de “receta casera” que se le ponga al producto en cuestión. Pero en el caso de los potitos o las papillas parece que la cosa no queda tan clara.

Y es ahí donde las autoridades -recuerda esta ONG, y el sentido común- deberían actuar para controlar, no ya la lista de ingredientes (algo complicado de regular), sino la publicidad dirigida a los padres y niños, su venta en farmacias y, ya puestos, las estrechas relaciones entre la industria alimentaria y algunas asociaciones médicas.

Hablamos -atención- de un mercado de 500 millones de euros y que, según muchos, ha conseguido convertir los potitos en el fast food infantil.